En la selva maya de Guatemala

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Para llegar al Parque Nacional Tikal, se debe disponer de un tiempo mayor a una hora. Primero se toma un vuelo de 40 minutos que lleva a Flores, la capital del departamento Petén y luego, un viaje en ómnibus de 62 km.

La peculiaridad de Tikal es que durante muchos años permaneció perdida en la selva, sepultada bajo una espesa vegetación. Fue descubierta en 1848 y hoy se la considera como uno de los centros arqueológicos más importantes del mundo, tanto como Teotihuacán o Chichén Itzá, en México.

Para esta visita hay que estar preparado físicamente pues la recorrida comienza muy temprano por la mañana por un sendero agreste. Allí se encuentran los árboles “chico zapote”  de cuya savia se elaboran chicles, monos aulladores, el iasché -árbol de la vida-, las cigarras, los papagayos y las mil plantas medicinales que esconde esta Reserva de la Biosfera.

La belleza de Tikal es que es rústica y salvaje. Sus pirámides se alzan como volcanes entre lianas, orquídeas y cedros. La primera construcción es el Templo IV, un edificio prehispánico, el más alto del mundo maya que data del 745 dC. y mide unos 65 metros. Luego, el templo V, que mide sólo 58 metros de altura con una inclinación tal que la subida no es apta para todo público.

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La próxima parada es en un enorme claro. Allí se abre imponente la Gran Plaza, el corazón de la antigua ciudad rodeada por estelas, monumentos de piedra y altares. Y en medio de toda visual, se pueden divisar enfrentados los templos I y II. Al norte está la Acrópolis, donde se enterraba a los gobernantes.

Es un paisaje que irradia la energía maya. Se trata de uno de los rincones de Guatemala más difícil de olvidar por su perfecta armonía con la naturaleza.

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