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Aún en estos tiempos, existe la cultura de no consultar regularmente al oftalmólogo. Para muchos es una práctica que parece casi innecesaria. Pero con el paso del tiempo, el niño va advirtiendo a sus padres de alguna de sus dificultades visuales y en muchos casos, la consulta temprana habría sido un acierto.
Lo correcto es llevarlo al cumplir los primeros seis meses de edad aunque todo parezca normal. El niño deberá ser referido al oftalmólogo pediátrico en su primer mes de vida si se trata de un recién nacido prematuro o de bajo peso al nacer. Y, luego de esta primera visita deberá hacer otras a los tres y cinco años de edad tal como señalan los especialistas.
Todo niño deberá ser visto por el oftalmólogo pediátrico en los primeros días de vida. Así podrán examinarse desde una coloración anormal del ojo hasta si las córneas son más grandes de lo normal o si un globo ocular parece asimétrico respecto al otro o si la labor de parto ha producido algún trauma o hemorragia intraocular. Y la lista no termina allí, los diagnósticos pueden empeorar: una catarata congénita, molestia frente a la luz, o si la madre durante la gestación padeció alguna infección como toxoplasmosis, sífilis o rubéola.
Los oftalmólogos pediátricos disponen de los medios y cuentan con las pruebas necesarias para poder hacer un buen examen ocular del niño recién nacido y diagnosticar cuánto ve su niño aún a esa edad. A los tres y cinco años a todo niño se le hará un examen oftalmológico completo que incluye: agudeza visual, refracción, fondo de ojo y medición de la presión ocular.
Así, tanto los padres como los pediatras deben ser conscientes de la necesidad de examinar los ojos de los niños para contribuir con una mejor calidad de vida para ellos.
